Dime, Castillo
Andrés Salazar, uno de los sobrevivientes de “Araya”
Jesús Alberto Castillo
Hace tres semanas tuve el privilegio de participar en el Cine Foro “Araya: la película en homenaje a los 90 años de Margot Benacerraf”, realizado en la Sala de la Cultura en Marigüitar. Fue fascinante compartir allí con Andrés Salazar, uno de los participantes en esa memorable cinta cinematográfica que desnuda la cruda realidad del municipio Cruz Salmerón Acosta, suelo lleno de sal, poesía y esperanza. Por cierto “Araya”, fue ganadora del Festival Internacional de Cannes, Francia, uno de los más prestigiosos en el mundo del Séptimo Arte y que sirvió para proyectar a Margot Benacerrat como una de las más prestigiosas cineastas venezolanas, cuyo nombre lleva la cinemateca de Caracas.
La película “Araya” versa sobre la historia de vida de tres familias muy conocidas en suelo peninsular: los Pereda, Salazar y Ortiz. Cada una de ellas, residenciadas en El Rincón, Araya y Manicuare, se compenetra al fragoroso y duro trabajo de la extracción salinera para llevar un poco de alimento a sus hogares, preñados de honradez y respeto. Andrés es uno de esos vástagos de la familia Salazar que vive el día a día entre la penumbra y la lucha contra la pobreza. Para el momento en que se rodó la película contaba con 6 años de edad. Su imagen de niño humilde y desnudo se deja ver entre las rancherías y los pilotines de sal. La inocencia lo persigue y juega con el sol inclemente sobre su cándida humanidad y el silencio de la vegetación xerófila que abraza su terruño.
Cada escena de la película, imantada por la voz portentosa de José Ignacio Cabrujas, el inolvidable, va marcando nuestro ser interior. Volteo y logro divisar entre la tenue luz del salón el rostro compungido de Andrés Salazar, con más de 6 décadas de vida marcada por la superación personal y el amor a su península. Las lágrimas invaden su vista y respira entrecortado recordando su abnegada infancia en cada imagen proyectada. Así es Andrés, sencillo y con su querida Araya en el corazón. Sin embargo, guachafitoso como ninguno. Después de culminar “Araya” procedí a presentarlo para que de su propia voz expresara al público las vivencias reflejadas en la película. Y así lo hizo de manera elocuente y jovial. Atrapó al auditorio con su peculiar verbo arayero. Los asistentes no se hicieron esperar e intercambiaron anécdotas desde sus propias realidades.
Andrés vino con Rosa, su inseparable esposa. Con la voz emocionada manifestó su orgullo de haber nacido en Araya y de haber tenido a esos ejemplares padres que lo condujeron por el camino de la honestidad y el batallar diario. Al terminar la primaria en su lar natal se vino a Cumaná a estudiar bachillerato y lo logra con éxito en el liceo Modesto Silva. Con duro esfuerzo logra entrar a la Universidad de Oriente en Cumaná y se gradúa de Licenciado en Administración Comercial. Luego, con empeño infatigable, realiza postgrado y obtiene una maestría en Planificación Educativa. Pero no se queda allí y, después de un titánico esfuerzo académico, culmina su Doctorado en Educación, con una tesis dedicada a la referida película. Es profesor de la UDO-Nueva Esparta y permanentemente visita su añorado suelo peninsular como tratando de reencontrarse con la obra de Margot Benacerraf.
El colega Andrés es incansable y se enorgullece de ser uno de los sobrevivientes de “Araya”. Devora con pasión una serie de libros y se ha entusiasmado en donar una biblioteca a su amada Araya (por cierto, me ha regalado uno sobre Persuasión de Masas). Es investigador de historia local, un cronista que rompe paradigmas. Siempre se le ve con una franela de rayas y un sombrero de cogollo para llevar consigo la esencia de un gentilicio maravilloso como es el oriental. También se dedica a compartir docencia en el Doctorado de Patrimionio Cultural de la Universidad Latinoamericana y del Caribe (ULAC). En fin un digno ejemplo de superación para sus coterráneos que sueñan con tener una península próspera y de mucha calidad de vida. ¡Sigue adelante Dr. Andrés Salazar!




